Alcé la vela, caballero, como si el mar me esperara, bravía ella, celosa la mar que me espera hambrienta para tragarse mis huesos y escupirme como marinero de tercera. Zarpé con un barquito pequeño metido dentro de una botella y yo, como papel con mensaje de auxilio, me hundía en las olas atentando a la calma de la mar. Mi bote seguía, se bañaba de la sal del mar, sentía que se podría, sentía que era hora de nadar.
Y mi bote se quedó atrás, con sus muertos, sus vivos, sus mapas y recuerdos. Y nadé atentando al suicidio y acariciandole la mejilla a la muerte. La besé como quien besa a las mujeres que van a morir mañana, como quien besa a una dulcinéa en un puerto al que no regresaré jamás.
Van tantos días que zarpé y no quiero regresar jamás.